Las mejores mujeres de las Historias

Las mejores mujeres de las Historias

Digamos que hay dos Historias. La grande, la universal, la de los libros y la de la memoria. La personal, circunstancial, la de los recuerdos y las experiencias. La segunda ha existido siempre y siempre ha sido la misma. Es la de las relaciones humanas. La que pone a prueba las capacidades fisonómicas para intentar evocar físicamente a alguien sin que esté presente. La del catálogo de quienes se conocen y se han conocido. En esa siempre ha sido posible hacer una lista de las mejores mujeres de la Historia. Lo son para cada uno de entre las que ha podido tratar, amar, utilizar, ayudar, repugnar, vivir, pasar, querer, conocer. Siempre han estado ahí. ¿Cuáles son estas mujeres? Salvo alguna niña-loba que jamás habitó memoria humana, todas.

Las de la otra Historia, La Que Importa, no han estado siempre. Porque antes, sencillamente, no existían. Las mujeres de la Historia sólo existen a partir del cinematógrafo, y sólo existen plenamente desde el cine sonoro, y sólo auténticamente con la televisión. La Historia universal previa era una farsa, un Papa negro. Ni la mujer de Constantino, ni Cleopatra, ni las Brönte, ni Juana de Arco. Esas existieron en las Historias pequeñas, pero no en la grande, que es la común, la que es de todos. Porque uno existe sólo en la medida en que es percibido. Si uno es percibido sólo como una fragmentación de hechos históricos hijos de mil padres… no es. Con la imagen en movimiento, por fin gesticulan, andan, se sorprenden, sonríen, lloran, actúan como palo de escoba, dejan traslucir sus miserias o alegrías por sus miradas vivas. Sienten y piensan. Con la introducción del sonido a esas fotografías en serie, se puede oír hablar a esas mujeres. Son ya completas y reales como las de las Historias. Ya tienen la parte física. Pero ahora son percibidas por una multiplicidad de personas mucho mayor, en cantidad y en diversidad, de la que cualquier otra mujer anterior al siglo XX fue percibida jamás. Ya no son una madre para tres, una esposa para uno, una hija para otro, una reina para una corte, una actriz para un teatro. Una autora para un lector. Una mujer para sí misma. Ahora son de todo y para todos. ¿Quiénes son estas mujeres? Decenas, tal vez cientos. Desde Louise Brooks a Teresa de El aprendiz, con Ingrid Bergman como epicentro. Sharon Tate y las almas perdidas de las películas de la Hammer. Liz Phair, Susan Sontag. Q’orianka Kilcher. Cualquiera de nariz grande que haya sido grabada alguna vez. No sirven estas fotos del Antiguo Régimen, hay que ver vídeos. No es que haga falta ser atractiva para entrar en esa lista: hay que ser perfecta, y la belleza es parte de esa perfección. Una compilación de los mejores hombres de la Historia exigiría también esta condición. Su jurado, que es la población mundial con acceso a pantallas, tiene que ser capaz de valorar también esta característica. ¿Unanimidad? Imposible. Cada uno elige veinte, ordenadas jerárquicamente, recibiendo la mejor veinte puntos y la menos mejor uno. Gana Ingrid Bergman. Finalmente pesa más lo físico, Lo Que Importa, el humano humano es. La ropa, el carisma y el deseo. El corte de pelo. La fuerza. La seguridad. La tiranía de la fotogenia. La falsa Historia universal, la antigua, se movía en la casa de Thánatos. La verdadera Historia universal trata, en su último escalón, de Eros. Se funden las dos Historias auténticas en un apasionado abrazo y bajo el mismo criterio irracional, sin importar en la vida personal ni en la vida social qué es personaje y qué es persona. La Historia universal pasa a ser objetiva, subjetiva y, sobre todo, excluyente, exclusiva, histórica y coyuntural.


[Imágenes: Louise Brooks]

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