Borja encendiendo el portátil

Borja encendiendo el portátil

[Variación de Susana saliendo del baño, a modo de funcional homenaje a Francisco Ayala, motivador radicalmente directo de la resurrección de esta escritura, que acaba de dejar de escribir -en todos los sentidos y para siempre– con 103 años]

El ratón agregado y el teclado incrustado -raras ratas, agarradas a la piel metálica de la carcasa- sentían, intensamente, aún sin corriente eléctrica y pilas, el abandono dramático del plástico. Ladrillo de conexiones verdosas que flotaban huyendo sobre la superficie de madera. La chispa, ni caliente ni fría, asomaba sus orejas, grises y puntiagudos cipreses, una revelación de futuro. Temblaba en el cobre para desviar sus formas; le multiplicaba cada perfil en lumínicas variaciones, y cerraba su planta con un gesto azul: los pies, vivos -¡como vivos los ojos en un sueño tecnológico!- sobre bandeja de entrada.

Un minuto, inerte y eterno, mientras se encendía Windows.

Surgió un logotipo, como una señal. Surcado de colores chillones y molestando (los cuatro lados, cuatro raíces clavadas en los píxels). Se cargó el wallpaper, y los colores -paleta podrida de pintor- increparon al tibio usuario de carne y tela.

La mano adaptó su caricia seca a la curva del contorno. Nacieron en aquel mapa confuso los iconos de accesos directos. Y el cuello, en postura traumática. Sobre la retina -hoja de mapa mudo- dos hemisferios beligerantes bajo traicionero estatismo y escasa frecuencia de actualización del monitor. El escritorio y la barra de tareas…

Borja, pisando el mundo, apretó su índice sobre el botón con gesto inclemente de notario, para poner su mano, marroncilla y ligera, en saltarín tablero de teclas, sin color pero con temperatura.

Inclinado, torturando su columna ya (mientras teclado y ratón, atados a su amo, se precipitaban cantando su condenación por grutas de poliestireno), era admirado del espejo, confinado en su rectángulo de virtualidad recién y constantemente creada y destruida; de la caja de comentarios que se aburría en un negro, y del asiento elipsoide y de retal.

Se cubrió de enlaces azules. Arriba, la cabeza: activa y trágica confusa. Abajo, las manos, histéricas pestañeantes.

La pantalla sonreía, como una ventana, sobre la mesa de madera.


[Imagen: ‘Susana y los viejos’, de Tintoretto]

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